Miles Davis and I

Por Orlando Avendaño

"Miles Davis y yo"

Ya con ese puro título, uno debería esperar algo sólido, importante. Por lo menos algo que justifique, lo rimbombante del concepto: "Miles Davis y yo". Se trata en el fondo de una anécdota simple, breve, pero igualmente significativa para los que amamos el jazz y muy especialmente a Miles. En el fondo "es lo que hay no más"

Era el invierno de 1967, en Los Ángeles, California.

El invierno, generalmente es suave, aun cuando en las noches sopla un viento helado que hace que uno recuerde inevitablemente a Chile. El resto del año pareciera una primavera-verano continua.

Miles estaba en la ciudad... la voz se corría también como el viento. WRVR, veinticuatro horas al día de "puro jazz", la radio favorita de músicos y aficionados, ahí se enteraba uno de todo lo que pasaba en la escena del jazz, que esos días era mucho, pero Mucho, diría yo con mayúscula.

Ya llevaba viviendo allí casi cinco años y había visto a Miles por lo menos unas ocho o diez veces, no me perdía oportunidad.

Tony Williams fue para mí una de mis más preciadas experiencias e influencias, si es que puedo decirlo con toda la modestia del mundo. Lo vi cuando él tenía diecisiete años, todavía no se incorporaba Wayne Shorter, estaba George Coleman, era 1963. Estuve un año y medio encerrado en un garaje practicando su intrincada e innovadora forma de tratar los tambores.

Tuve oportunidad de ver al "The Quintet" con Miles, Wayne Shorter, Herbie Hancock, Ron Carter y Tony Williams. También fue notable para mí ver algunos reemplazos ocasionales, por razones que nunca comprendí...pues cuando volvía días más tarde estaba nuevamente el grupo "original". Fue así como vi a Víctor Feldman en piano, Sam Rivers en tenor, Frank Srozier en alto.

Miles tenia una actitud misteriosa, por decir algo, no hablaba una sola palabra, ni al comenzar ni al terminar, jamás presentó los músicos, no hablaba con ellos mientras tocaba. Era un personaje elegante, levemente arrogante. Sabía perfectamente cuánto pesaba, y a eso no le agregaba absolutamente nada más.

Una noche nos aventuramos con mi amigo Alfonso Barrios, bajista del Nahuel Jazz Quartet y por lo tanto compañero y amigo mío desde muchos años y ahora convertido en un excelente fotógrafo profesional. Vivíamos en el mismo edificio. Ocasionalmente, tocábamos juntos algún "gig" de trío o cuarteto. En esos años yo tocaba con buenos grupos de jazz, sextetos y octetos, pero igualmente trabajaba con un guitarrista de bossa-nova en trío y con un vibrafonista en cuarteto. Tocábamos en fiestas privadas o cocktails que en Hollywood eran, y me imagino aun son, cosas de todos los días.

Un poco de aventura, decía antes, porque esta vez Miles tocaba en el corazón del barrio Watts, el equivalente a Harlem de Nueva York.. "Ruby Red Room" se llamaba el lugar y no tenia más capacidad que para unas ochenta personas.

Muchas veces antes estuve ahí, siguiendo a mis favoritos "funky" "blusie" y "Hard": "The Jazz Crusaders", Jimmy Smith, Mongo Santa María, Willy Bobo, Art Blakey, Charles Lloyd, Roland Kirk, entre los que recuerdo.

Esa noche hacía bastante frío, nos estacionamos lejos y ya se notaba cuando pasamos frente al lugar que estando Miles todo era distinto... frente al Club ya había una cola y grupos de gente conversando, en otras palabras había "ambiente". Finalmente cuando llegamos al lugar, había una considerable cola. Ahí nos instalamos con Alfonso a esperar el show de las diez.

Siempre ver a Miles y al Quinteto, fue una experiencia.

Siempre temas nuevos y la banda sonando mejor y mejor. Esta vez esperábamos el recién grabado Miles Smiles con temas como Footprints, Freedom Jazz Dance, entre otros. Oírlos en vivo y en lugar pequeño es una de las mejores experiencias que un músico puede anhelar.

Ya cerca de las diez, la cola empieza a avanzar, fluidamente al principio, medio entrecortada más tarde y, cuando ya no faltaba nada para cruzar la puerta, una mano gigante me para en seco. Los porteros son gigantes, antes ahora y siempre. Hasta ahí llegamos y punto....ni una persona más.!!

Una hora o un poco más de espera en la calle. En espera del próximo set. Igualmente con Alfonso y el resto de los que quedamos afuera disfrutamos oyendo el sólido sonido apagado y todo de Miles. Como una hora y veinte minutos más tarde empezó a salir la gente, hasta desocupar completamente el lugar....para decir la verdad, parecía un cabro chico....lo único que quería era entrar lo entes posible y ubicarme frente a Tony Williams. Hice un par de intentos por mi cuenta, pero una vez más , la mano: "Hey!stop man!.." Cuando salió la última persona abrieron ambas puertas por unos minutos para ventilar, imagino, después se cerró todo nuevamente y......cuándo?.....cuándo...?.

De pronto el gigantón abre la puerta apenas un poquito y dice: OK now!, yo me abalanzo, sin ningún recato, sin mirar siquiera para ningún lado. Entro...como una tromba!

Ahí me topo de frente con alguien y lo piso con todo mi entusiasmo, con mi prisa y con mis bototos grandotes, reforzados. Más encima con mi mano izquierda lo topé cerca del hombro, como un pequeño empujón!

Oí una voz única, ronca, muy poco común, más bien un sonido gutural, de enfermedad o de una dificultad de algún tipo a la garganta.

Levanto la vista y en la penumbra distingo la cara de Miles, mirándome con dos cuchillos negros, con esa voz extraña y bajito me dice: "Watch your step, mother fucker" (Fíjate donde pisai concha de tu .....). Alfonso Barrios a mi lado, vio y oyó todo, es mi único testigo....

Creo que éste es el único encuentro, la única "relación", de un "músico" chileno con Miles Davis.

Anticipé al comienzo de este relato que mi cuento era mínimo, que poco o nada se podía esperar de una relación, cercana si, pero... fortuita, desafortunada y breve.

Pero es un encuentro personal, real y, finalmente, es todo cuanto puedo decir sobre "Miles Davis and me".

Santiago, Oct. 1992

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