|
La Cebolla Morada
Por Orlando Avendaño
Sentado en uno de los peldaños miraba y miraba cuatro hileras de seis robots cromados, o sea, veinticuatro mirones fríos que lucían impecables con él ultimo grito del diseño de los sesenta.
Se trataba de bombas expendedoras de bencina. Eran los años dorados de USA, 60-70.... ahí pasó todo... se reinventaron, ellos mismos, a todo nivel.
Y yo estaba ahí.
En una de las esquinas más “in” de esos días: en la calle Sunset Street en el corazón de Hollywood.
Yo, mirando.....solo. Trabajaba en el turno de la noche. De diez p.m. a seis a.m.
Y una noche cualquiera, ya deben haber sido casi las doce o más, cuando ocasionalmente venía un rubio platinado a cargar cinco dólares de bencina, o un anciano pobre a poner un dólar, o un grupo de jóvenes y promisorios actores en un convertible,....riendo y riendo, dueños del mundo, comentando a gritos poco menos, que mañana los llamaría su agente. Todos se sentían actores...conquistadores de la gran pantalla. Era Hollywood, y hasta donde yo se hay sólo uno.
En general las noches del lunes, martes y miércoles eran tranquilas, lo que me permitía sentarme y mirar fijamente la esquina del lado de esta bencinera gigante. No la esquina opuesta sino la esquina inmediatamente del lado o sea no separada de mí y del lugar de mi trabajo no más de unos cuarenta metros.
Mi rebuscada posición me obligaba a reflexionar días tras día, sobre el mismo tema.... qué raro, era y ha sido mi destino.
Me vine a la ciudad de Los Ángeles en busca de lo más preciado por mí, de lo que mejor sabía hacer, del único real amor y entusiasmo de mi vida: el Jazz.
Para lograr aquello, cuando tenia poco más de veintiún años. Vi alejarse un Valparaíso en un día de primavera y pleno sol. Era yo quien no podía controlar mi mirada llena de entusiasmo, incertidumbre y pavor.
Yo era un joven, brillante baterista.
Y ahora, esta noche, después de seis meses ya, lejos de casa, acostumbrado y entregado a hacerme mi propia suerte, como tantas otras noches, me sentaba a mirar fijo la vereda del frente...por qué tanto?.....
Porque aunque parezca rebuscado, ahí no había lavandería, ni lava autos, ni óptica, ni sastrería...ahí estaba nada menos que “The Purple Onion” (La Cebolla Morada) uno de los tantos lugares de jazz de la ciudad y dentro de tantos, uno de los buenos y mejores.
Yo sabía quién tocaba cada noche.
Ayudaba a los músicos que venían tarde a estacionar sus autos. Me hice incluso de algunos amigos ocasionales, músicos todos, destacadísimos algunos, a los que yo admiraba en silencio desde esta peculiar posición.
Esto no era todo.
El sector era residencial, de forma tal que hacia afuera poco o nada se oía. Exceptuando, cuando alguien entraba o salía abriendo una gruesa puerta acolchada, que dejaba salir para mí diez segundos de Sonny Rollins, cinco segundos de Les McCann, veinte de Chico Hamilton, quince de McCoy..... a veces alguno medio ebrio esperaba a su acompañante... tambaleante, afirmado en la puerta entre abierta. Así conocí a la Gerald Wilson Big Band.
A bocanadas me sentía a ratos feliz, por acceder a estos “restos” del gran banquete, y yo mismo me infundía coraje para aplacar mi desconcierto y mi pena, para dejar de preguntarme una y otra vez.... ¿qué mierda hago aquí?
Sep. 2002
|