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El “Puro Jazz” de Cristián Cuturrufo
Por Blas Troncoso
La calidad del trompetista Cristián Cuturrufo es poco discutida en nuestro medio jazzístico. Algunos lo admiran sin reparos. Otros lo critican por su estudiada postura transgresora. Pero son pocos los que dudan de sus dotes de solista. Por lo mismo, la revisión de su primer trabajo personal “Puro Jazz” (Big Sur Records, 2000) obliga a preguntarse cuál es la propuesta musical del artista Cristián Cuturrufo, no la del intérprete. Trataremos de entregar algunos elementos de análisis.
En primer lugar destaca la impecable presentación del álbum, con buenas fotografías y novedoso diseño. Algo que instaura un referente que hacía falta entre los músicos nacionales, acostumbrados a presentar sus trabajos en formatos de dudoso gusto. Luego, llama poderosamente la atención el título: “Puro Jazz”. Tiene categoría, es elegante y escueto, aunque a algunos pueda parecerles presuntuoso. Simplemente, “Puro Jazz”. Por lo anterior, el trabajo resalta cómo una especie de hito en el lineal y en ocasiones plano desarrollo del jazz chileno.
La grabación contiene ocho temas: cuatro de compositores connotados, tres de Cuturrufo y uno que no precisa autoría. Las piezas de otros autores confirman la calidad del solista y la buena selección de sus sidemen. Los tres temas originales de Cuturrufo (“Porcinology”, “Cacharrito” y “Cirrus”) permiten ahondar en su propuesta musical, la que se descubre poderosamente influenciada por las ramas del bebop y del hard bop y, a mi juicio, deliberadamente alejada de las “autóctonas” corrientes jazzeras vigentes en nuestro país, más cercanas a la fusión y, a veces, al esperpento. De lo anterior se deduce que Cuturrufo propone volver la mirada hacia el jazz straight ahead de décadas pasadas, diciéndonos “amigos, escuchen esto, es realmente fantástico”.
Un lector apresurado podría decir que el trompetista no está proponiendo nada nuevo. Pero cuidado; tal vez, un Cuturrufo deliberado no ha querido proponer algo nuevo, lo que abre una serie de interrogantes; o simplemente no ha podido hacerlo. Y esto último nos lleva a reflexionar acerca de la dificultad que tienen los músicos de jazz para producir innovaciones reales. El trabajo de Cuturrufo nos demuestra que aún en lugares alejadísimos de los centros neurálgicos del jazz mundial, donde no hay grandes posibilidades de influencias renovadoras, el jazz triunfa y se instala en su sustancia más pura, lo que resulta bastante curioso al tratarse de músicos jóvenes.
Si dijéramos que gran parte de los jazzistas debieran ser considerados como los músicos más conservadores que existen, probablemente nos ganaríamos una serie de insultos, incluso más de alguna pateadura. Este trabajo parece confirmar esta aseveración. Ahora bien, ¿Es reprochable que no se produzca innovación? ¿Podemos pedirle a un movimiento relativamente joven como el jazz que cambie constantemente?. Corresponde al lector decidir su postura particular.
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