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Martin Joseph + Quinteto Improvisación colectiva en el Thelonious, 8 de diciembre del 2004
Por Alfredo Cáceres Valenzuela
Este título es engañoso, está expresado así como una forma de economía de palabras, porque bien podría llevar el nombre de cualquiera de los notables músicos que alrededor de la medianoche del 8 de diciembre, nos inspiraron con su música. Antes de comenzar, el pianista Martin Joseph, demostró la consideración que lo caracteriza y preparó al público sobre lo que escucharíamos. El concepto final que nos entregó era una invitación al viaje de la improvisación colectiva, algo a lo que no estábamos preparados como oyentes de este ejercicio de improvisación musical, era que de la aparente actitud pasiva o tradicional de auditor, pasamos a involucrarnos en la creación misma de la interpretación musical, esto debido según creo, a que estábamos en presencia de algo irrepetible, y que ojalá, ruego por el ojalá, que el administrador del bar Thelonious, Erwin Díaz, haya podido grabar la sesión del 8 de diciembre, porque tanto para los músicos, como para el público, fue algo que rozó lo conmovedor.
El grupo se conformó con una mixtura de músicos de experiencia en el jazz y la música improvisada, como lo son Martin Joseph (piano), Ramiro Molina (guitarras, accesorios) Andy Baeza (batería) y Edén Carrasco (saxo alto), más la incorporación de los jovencísimos Marcela Moreno (viola) y Mauricio Barraza (clarinete). Debo decir que estos jóvenes artistas estuvieron a la altura de lo requerido, supongo que el estar con artistas de tanta experiencia los influyó o los motivó a dar lo mejor de su creatividad e inspiración. El grupo estaba en tal sintonía creativa que bien parecían que estaban danzando. Me atrevo a hacer una odiosa comparación y que tiene que ver con una visión que me surgió de Martin Joseph, el maestro británico tiene el talento que alguna vez se le reconoció Miles Davis, esa habilidad de relacionar y de conseguir lo mejor de cada músico para ponerlo al servicio de la creación. Así lo hizo con cada uno de los talentos que nos deleitaron esa noche, así lo hizo con invitar a Moreno y Barraza, que aportaron texturas, sonoridades e ideas musicales muy atractivas, que espero sigan desarrollando para bien de la música y el jazz.
Por parte de los ya experimentados cabe decir que Joseph entregó algo que esperaba hacía ya tiempo el viejo piano del Thelonious, la sutileza de lo inesperado, los silencios y los acordes necesarios. Esa noche el piano de Joseph fue de una música muy esencial y que entregó generosos espacios a sus compañeros de viaje.
Encuentro necesario también, plasmar en la palabra el talento del baterista Andy Baeza, creo que en nuestro pequeño circuito jazzístico ya se están constituyendo algunos clichés sobre la interpretación de la batería en Chile, que en nada aportan a una fiel apreciación, por lo que creo necesario dejar en claro que Baeza, a diferencia de lo que estamos acostumbrados a escuchar, maneja un amplio rango de estilos, basta comprobarlo para quienes han asistido alguna vez al Mesón Nerudiano para dar cuenta de su ductilidad percusiva, de los colores que ofrece ya sea en clave balada o en los standards del jazz y por cierto, en formato de improvisación musical en Turangalila, algo que a él lo hace único o escaso en la batería jazzística chilena.
El grupo realizó su presentación en 2 partes. La primera consistió en lo que se podría llamar "enfoque", en donde cada artista iniciaba la conversación musical y los demás se sumaban al diálogo. En este ejercicio también se formaron notables duetos, rescato sólo dos, porque aún los tengo frescos en la memoria y que no pretenden obviar toda la gran música que escuchamos de principio a fin esa noche, a saber; el dueto de Joseph con Andy y el de Barraza con Edén Carrasco, este último resultó ser un entretenido desafío lleno de humor y risas al final por parte del público.
Una mención relevante es el guitarrista Ramiro Molina, a quien lo podríamos situar como un notable generador de atmósferas, con un uso oportuno de distintas sonoridades y matices de su instrumento y de las otras herramientas desconocidas para mí, y que jugaron a favor de la música.
Todo este contexto, no hacía más que confirmar esa suerte de viaje al que fuimos invitados o a esa suerte de danza en la que nos involucramos como oyentes.
La segunda parte consistió en 3 piezas sin una duración predeterminada, sin un comienzo preestablecido. Esta parte de la presentación vivió pasajes de una música muy excitante, muy free jazz, lo cual no hizo más que lamentarnos de su fin, ya que en pocas horas más teníamos que volver a ser los mismos de siempre.
Como reflexión final, esa noche de diciembre fue un bello y poético paréntesis, y no sólo por la música, sino por algo que va más allá de ella, me refiero al sentido de comunidad, al viaje propuesto, e insisto, a la danza fraterna que tuvimos la suerte de protagonizar. Me atrevo a asegurar que todo este sentimiento fue motivado por la música creativa, motivado por la música que nace a partir de la improvisación colectiva y de la gran inspiración que tuvo el grupo y cada uno de los músicos esa noche, y que nos hizo ser testigos y sujetos a la vez, de algo muy especial ese 8 de diciembre, alrededor de la medianoche.
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