Knitting Factory y Tonic, Parte II

Por Blas Troncoso

Es tarde y hace mucho frío. La orientación es difícil a la salida de la Estación Delancy de la línea de metro F (naranja). De hecho, no se divisa la calle donde debiera encontrarse el club Tonic, por lo que hay que dar varias vueltas para llegar al Nº 107 de Norfolk Street. La construcción es contigua a un sitio eriazo donde viven a sus anchas toda clase de rodedores neoyorkinos. Al frente funciona alguna especie de pub de dudoso origen, cuya puerta está franqueada por un afroamericano vestido a la manera pulcra de los años 40. Mide a lo menos 2,2 metros de alto por 2 de ancho. Su cara es de pocos amigos.

Al mirar el frontis del local, cuesta creer que esa pequeña puerta sea el cada día más famoso Tonic, aquel club que amenaza con destronar a Knitting Factory. Luego de hacer una cola de más o menos 15 minutos, uno ingresa por una puerta de vidrio semi empañada para luego encontrarse frente a un pequeño mesón atendido por una chica con el rostro perforado por toda clase de aretes. Pido un ticket en un pésimo inglés. Sin mirarme, "Aros" me entrega una especie de boleto de metro por la suma de 14 dólares, valor que me da derecho a ver y escuchar a un ensamble dirigido por John Zorn (Bar Kokhba Chamber Masada Sextet) y una banda desconocida llamada Sex Mob, la que se presentará pasada la medianoche.

El ingreso al salón continúa por un pasillo franqueado por sillones destartalados. Se trata de una suerte de lounge donde es posible divisar así como si nada, sentado por ahí, a Zorn conversando tranquilamente con Joey Baron. La emoción es total: tenemos al frente a uno de los más grandes compositores contemporáneos y el más versátil baterista blanco de este último tiempo. Zorn viste pantalones camuflados y polera naranja. La gordura delata el paso de los años, lo que trata de disimular con un desarreglado pelo largo. Baron viste completamente de negro, resaltando su cabeza totalmente calva, marca registrada de Tony Levin, a quien Baron debe haber pedido autorización. El baterista no para de reir, como lo hará después durante toda la presentación.

Hay poca iluminación y,curiosamente, poco público. El cuadro es interesante: Pese a su simpleza, no es fácil describir el recinto. Se trata de un rectángulo de unos 10 metros de largo y 4 de ancho. En el fondo del salón, al lado izquierdo está la barra del local, dedicada a la venta de cerveza, tragos (no recomendables, básicamente por la mezquindad de su volúmen espirituoso) y sadwishes con nombres raros, aunque muy buenos. Frente a la barra, se ubican una serie de mesas de poco más de medio cuerpo de alto. En el medio del salón hay tres filas de asientos muy desordenados. Según dicen, se trataba de antiguos asientos de cine, de esos de madera que a veces ofrecen algunos anticuarios. Lamentablemente, fueron reemplazados por verdaderas sillas de sala de espera, claramente inapropiadas para un club respetable.

Adelante está el escenario. Es extremadamente pequeño, pero resulta increíble el efecto que produce la cortina de raído terciopelo rojo que cubre el muro trasero. Las descripciones son secundarias. Lo que importa es la música. Y también la complicidad de los músicos con el público. Las presentaciones de cada mes son acordadas con participación directa de los músicos y no por los empresarios del espectáculo. Esto permite contar con repertorios disímiles pero que son parte del acervo cultural del músico encargado del mes en cuestión. Así, el programa del mes de mayo del 2000 fue definido por Derek Bailey. Otro mes le puede tocar a John Medeski o a Uri Caine. Incluso puede que el encargado sea el mismísimo Fred Frith o alguna leyenda como Rashied Alí. En Tonic, todos ellos son parte del espíritu.

La noche comenzó con un ensamble de seis intérpretes sentados en sillas de madera, con sus instrumentos acústicos sin amplificación especial, y dirigidos desde el nivel del público por el compositor de las piezas (John Zorn). Tras la actuación principal, la jornada continuó con una suerte de jam session pasada la hora cero, con un cuarteto extravagante dirigido por el gran personaje que resultó ser Steven Bernstein, quien incendió la noche con su curiosa "slide trumpet". Entre el público estaba también Bruce Gallager, propietario de la disquería Downtown Music Gallery, quien suele registrar digitalmente las actuaciones desde su dat portatil, rodeado de amigos, familiares e incluso viejitos que acuden a escuchar música de avanzada. Todo esto es Tonic.

A diferencia de Knitting Factory, y para ser consecuente con su estilo, es claro que Tonic no debiera tener página web. Sin embargo, la necesidad de informar acerca de las presentaciones llevó a sus dueños a mantener la muy sobria y escueta www.tonic107.com. Visítenla. Allí podrán mantenerse al tanto acerca de la deriva actual de la música de vanguardia en Nueva York.

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