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Knitting Factory y Tonic, Parte I
Por Blas Troncoso
Los nombres de Knitting Factory y Tonic tienen un significado muy especial para quienes hemos tenido la suerte de visitar Manhattan. Son dos lugares muy distintos a los clásicos conceptos de los clubes de jazz como
Blue Note, Iridium, Birdland, o Village Vanguard. Pese a la calidad de las presentaciones de estos tradicionales lugares, en cierta forma han decepcionado al transformarse en máquinas de dinero bajo el pretexto de la
música que ofrecen. Knitting y Tonic, en cambio, dos espacios relativamente nuevos, han consolidado su sitial en los sectores del free y avant garde jazz, rock psicodélico, rock en oposición, y la nueva música
hebrea), entre otros estilos de avanzada.
El acceso obligado a ambos clubes es el extraordinario metro neoyorkino, cuyas antiguas estaciones invitan a conocer Nueva York desde su subterránea perspectiva. Antes de divisar el tren, el fuerte olor que produce
la mezcla de frenos, rieles y mugre se instala por largo rato en nuestras narices. Nadie nos mira. Nadie nos conoce. Nadie nos espera. Somos invisibles para el mundo, pese a lo cual nos sentimos parte de él. Una vez
dentro del vagón, el panorama multiracial y multicultural nos sitúa en un ambiente adecuado para conocer uno de los lugares más fascinantes ubicados al sur-oeste del Soho.
Para llegar a Knitting Factory debemos bajarnos en la estación Franklin Street, de la línea 1 o 9 (roja). Luego hay que caminar una cuadra hacia el sur hasta alcanzar Leonard Street y presentarnos en la puerta del
número 74. El ideal es haber comprado los tickets por internet (www.ticketweb.com) o bien haber reservado ubicaciones con antelación al teléfono 212.219.3006.
A primera vista el recinto es bastante caótico. Son dos o tres pisos comunicados por una escalera, al estilo de las grandes casonas del Santiago antiguo. A través de esta escalera emergen los personajes más
curiosos: desde músicos del calibre de Roscoe Mitchell, Pharoah Sanders, Pat Metheny o Elliot Sharp, (foto izq.) hasta los solitarios y muchas veces oscuros habitantes de Nueva York, pasando por esas mujeres cool de
pelo entrecano y anteojos de carey negro. Sin embargo, este supuesto caos es nada más que la apariencia de una construcción adaptada con precisión y buen gusto.
Para esperar el ingreso al "Espacio Principal de Recitales" (Main Space), existe diversidad de alternativas. Se puede visitar la tienda de cds del local, donde se exhibe gran parte del catálogo de la
Knitting Factory Records. También es recomendable revisar en detalle los afiches e información adherida a los muross, generalmente relacionada con espectáculos que se presentarán en el futuro o con eventos en galerías
de arte, centros de diseño, librerías u otros parajes similares del East Village o del Soho. Pero sin duda que una actividad obligada es instalarse en el bar del subterráneo a tomar una buena cerveza Sam Adams y
observar con detención a la concurrencia.
El bar es frecuentado por los músicos, a quienes se les puede conversar sin mayores problemas. En general, en este tipo de clubes no existen los divos, las estrellas, ni los aires de grandeza con que
se rodean ciertos músicos de corte menor. Por lo que pude observar, quienes se presentan en Knitting Factory no sólo respetan a su público sino que se interesan por él. Tuve ocasión de ver a un amigo cineasta
chileno conversar animadamente con Arto Lindsay.(foto der.) No se conocían, pero ahí estaban intercambiando sus impresiones latinoamericanas.
Diez o quince minutos antes del show debemos acercarnos a la puerta del Main Space. Ahí, un grandote revisa nuestro ticket y lo corta dándonos su autorización de ingreso. En orden, el público comienza a tomar
posiciones en las alineadas filas de asientos ubicadas a la izquierda de la barra que abastece esta parte del local y donde es conveniente adquirir la cerveza previo a la presentación. Una vez ubicados, comienza la
inspección del escenario. A veces el número de instrumentos es tan impresionante que apenas queda espacio para los intérpretes: en poco más de 12 metros cuadrados se ubican dos pianos Steinway & Sons, dos
contrabajos, dos baterías, dos sets de percusión y varios micrófonos. Otras veces, no vemos más que una silla abandonada que espera cansada al único intérprete de la noche. La iluminación es exacta. Ni
estridente ni insuficiente. Sobrecoge la perfección. Sobrecoge el profesionalismo de una verdadera institución dedicada a entregar alta cultura.
En el escenario todo comienza y todo termina demasiado rápido. El vértigo se apodera de nuestras mentes concentradas en la música, sólo distraídas con los gritos de algún fanático o de la mujer que lleva
prendida de su pecho una foto redonda de Sonny Sharrock. Hay veces en que el ambiente se enrarece con el perfume característico de la yerba madre. Pero todo esto no molesta. Es parte del espectáculo. Es parte del
entorno con que Knitting Factory acoge al público.
No nos vamos a referir a los espectáculos que vimos desde la segunda fila de la Main Space. La descripción de sensaciones es siempre más difícil que la de situaciones u objetos. Simplelente sugerimos que echen
un vistazo al sitio www.knittingfactory.com y que, en lo posible, viajen a Nueva York considerando en sus itinerarios una noche en el grandioso The Knit.
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