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El Poder del Jazz
Por Fulvio (jazz maníaco terminal)
Entre el humo, mi segunda Budweiser, el escote de la innombrable y el bohemio murmullo del Club de Jazz de Santiago, una cálida voz saludó: ¡Bienvenidos a la Jam
Session! El balbuceo evolucionó a silencio, el escote lentamente dejó de ser interesante y la cerveza terminó por entibiarse en mi mano porque el sonido del jazz, irresistible, se esparció por el espacio.
Una vez hecha la introducción al tema —Miles Davis—, el gran Cristián Cuturrufo inició el diálogo: El viento que entraba en sus pulmones era devuelto al ambiente
en un prodigioso milagro que deambulaba entre las mesas, entre los suspiros contenidos, entre los cigarrillos apagándose olvidados. La sangre era hija de los pálpitos variables y movedizos del pulso; el viento era
transfigurado en magia, en ansiados desahogos de fastidio, en el renacimiento de la música, asesinada allí por el solo placer de resucitarla una y otra vez. Todo era una fiesta de sonidos profanos consagrados al
templo del diálogo pendular y perpetuo de la síncopa, una conspiración entre Cuturrufo y el oxígeno que convertía en rito iniciativo.
Pero esa investidura, ese milagro, no puede ser repetido fuera de esa noche; esa voz profética que declamaba el aire rendido a los pies del maestro Cuturrufo, no será
jamás duplicada porque el jazz no lo permite. Esa magia murió con el humo, con la Budweiser, con el escote.
Existen muchas manifestaciones artísticas, estimado lector. Cada una de esas expresiones logra, con mayor o menor certeza, acercar nuestra humanidad a lo que Jodorowsky
denomina Dios Interior, pero definitivamente ninguna de éstas tiene el poder de la música, porque las imágenes se producen dentro de uno, en una gama infinita de colores y formas. La amplitud del espacio que ocupa
el sonido, la onda que penetra nuestros oídos estimulando los tímpanos, constituye una totalidad ambiental que, sin gran esfuerzo, nos pone la carne de gallina, nos agita la respiración y acelera nuestro pulso hasta
convulsionar nuestro cuerpo. Y de toda la música del universo, ninguna tiene el poder que ostenta el Jazz, porque esa creación —que nace y muere en el momento— es una representación del mundo comprimido en unos
cuantos minutos. En ese corto tiempo nos contamina conceptualmente el diálogo, la tolerancia y la diversidad, tal como la define la antropología moderna. Cada uno de los integrantes de una banda de Jazz platica
instrumentalmente con sus pares, expresa su punto de vista del tema central para luego ser discutido por los demás, todos en su respetuoso turno, para finalmente lograr la concordia en un espacio mágico y paradojal
de vida tan efímera como trascendente. En ese vibrante momento, los espectadores literalmente levitan, lo que se retribuye con un aplauso que en ningún caso compensa el éxtasis obsequiado por los maestros.
Artículo de Fulvio Casanova
Publicado el periódico mensual "PROA al Futuro", Lebu, Chile el 15 de junio de 2002.
Fulvio.
fulviopolis@esfera.cl
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