Free Jazz
La Historia se Repite - 21 Años Más Tarde

Texto y fotos de Vicente Carrasco

Nuestro colaborador Vicente Carrasco asistió a uno de los conciertos más esperados del Bell Atlantic Jazz Festival, en el patio central de la Universidad de Columbia, en Nueva York. Pudo apreciar a escasos metros del escenario cuatro actuaciones de primer nivel. Una de ellas hizo la historia hace dos décadas y esta vez se repitió como un tributo a sí misma. Aquí están sus impresiones.

La palabra “free” en todo su sentido. The Center for Jazz Studies y The Bell Atlantic Jazz Festival presentaron en el Low Memorial Plaza de la Universidad de Columbia, un legítimo concierto free: gratis y con free jazz para quedar plenamente satisfecho.

El patio del campus universitario era un espacio gigante, con jardines, pasillos y desniveles que conducían hacia distintos edificios tipo Partenón que rodeaban la plaza. En frente del edificio principal estaba el escenario, y centenares de personas se apostaban lentamente en sus alrededores a la espera de los cuatro conciertos anunciados para esa tarde. Cuando llegué con mis amigos, las aposentadurías estaban casi copadas y tuvimos que resignarnos a posiciones demasiado secundarias para mi gusto.

El primer concierto abrió con todo. Bob Stewart And The La Guardia High School Jazz Band. Sólo alcanzamos a captar el swing “de oído”, siempre que hubiera viento a favor, dada la lejanía de nuestra ubicación. En todo caso no se trataba de nada muy descollante. Sólo una big band con notorios momentos de inspiración, y un director tipo Louis Armstrong que animaba el show. Ante este poco atractivo panorama y el viento helado que a esa hora comenzó a molestar, mis compañeros decidieron retirarse. Inaceptable.

Fui el único que se quedó. Pero eso se tradujo en una ventaja: con la facilidad del “solito el uno”, me adentré en los pasillos hasta llegar a unos 30 metros del escenario. Justo ahí fue cuando se escuchó: “Ladies and gentlemen, please welcome the Joey Baron and Ron Carter Duo”. Era el segundo concierto.

Fue una batalla entre contrabajo y batería que se extendió por 45 minutos sin interrupciones. Al comienzo no reconocí al espigado Ron Carter. Se había afeitado su típica barba y se veía muchísimo más joven. Pero a medida que empezó a darle como caja a sus cuatro cuerdas supuse que efectivamente era el ex bajista del segundo quinteto de Miles Davis. Su contrincante, Joey Baron, no deja de demostrar que es un talento tocado por alguna bendición pagana. El calvo baterista le dio a los bordes de los tambores, a las baquetas, a los atriles, a todo. Utilizó en sus compases todo lo que era posible de percutir. Tiene un gran estilo.

El dúo comenzaba con placidez y sorpresivamente tras un quiebre poderoso, Carter “atacaba” a su compañero con un solo lleno de swing. Baron no tardaba en conectarse en la misma intensidad. Después, todo se invertía: Baron dirigía el empuje y Carter acompañaba a la batería como un delicado soporte. Gran performance.

Luego de un breve intermedio vino la tercera actuación, el. Dave S. Ware Quartet. Una agrupación por la que nadie (nosotros los chilenos, claro está) daba un peso. Dave Ware era un nombre desconocido. Se trataba de un cincuentón negro, vestido con túnica y turbante tipo Pharaoah Sanders. Lo secundaban tres músicos: Matthew Shipp en el piano (un calvo con anteojos tipo Hancock), William Parker en el bajo (un gordinflón que vestía abrigo y sombrero tipo rapero) y Guillermo E. Brown en la batería (de cabellos rasta, con gafas como las que luce el jugador holandés de Juventus Edgar Davids). Estaba claro que la música no era lo único: además, para los jazzistas de fin de siglo la estética es muy importante.

Fue impresionante verlos tocar, con una potencia inusual. Sobre todo el líder Dave Ware en su saxofón. Al día siguiente adquirí su último disco Surrendered, donde aparecen varias de las paridas que escuché aquella tarde. El público se encendía más y más, cada vez que Ware castigaba a su instrumento o el pianista se lideraba las acciones. Realmente una gran banda.

Finalmente llegó el plato de fondo. A esa altura ya estaba ubicado a unos 20 metros de la primera fila. El piano se movió hacia el centro del escenario y unos ocho roadies armaron una pequeña batería con la delicadeza que tendría si estuvieran haciendo la cama al papá. Tardaron demasiado en dejarla a punto, aparentemente con el cuidado de quien tiene que verificar todos los detalles. Sin mayores presentaciones, un músico bajo y grueso, con buzo blanco y jockey se sentó al piano, y otro delgado, alto y vestido elegantemente se sentó a la batería: Cecil Taylor y Max Roach.

Los veteranos se mandaron casi una hora de improvisación sin detenciones, y a un ritmo arrollador. Taylor, como si tuviera 20 años. Sólo le faltó zapatear arriba del Steinway & Sons. Roach, pese a que caminaba despacito, tenía un vigor y una soltura increíbles. Un monstruo. Realmente era una música consistente y pesada, de escuchar y también de observar. Uno podía quedarse mirando a Taylor durante un largo momento, y luego dedicarse a apreciar a Roach. Cuando se pensaba que la pieza de improvisación llegaba a su fin, la música tomaba un nuevo vuelco y se perdía en el cielo otra vez hasta bajar la intensidad.

Yo ya estaba con el trasero acalambrado de estar sentado en el suelo. Justo en ese momento la música se detuvo y aproveché la ovación para instalarme en la primera fila. Sorpresa: pude ver a cinco metros cómo tocaban estos dos ancianos. Max Roach pidió un momento de silencio en homenaje al desaparecido timbalero cubano Tito Puente y junto a Cecil Taylor le dedicaron una última performance. Un final de película. Estaba totalmente agotado, congelado y hambriento cuando volví al departamento de la calle 63 donde me alojé en Nueva York. Pero más contento que la cresta. Fue una jornada difícilmente repetible. Hace 21 años ese mismo dúo tocó en ese mismo lugar, y en la noche del domingo 4 de junio volvieron a hacer historia.

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