Tal vez una de las mezclas de mayor riqueza dentro del jazz. Por primera vez, en 1923, el jazz traspasó algunas fronteras para recoger elementos musicales de otras culturas a través de Jelly Roll Morton. Cuba estaba muy cerca y ritmos como el son, la guajira o el guaguancó sonaban muy fuerte. A través de las orquestas embajadoras de Machito, Tito Puente y Pérez Prado -que por lo demás incendiaban las noches urbanas- en los 50 la música cubana alcanzó gran altura, y gracias a figuras como Dizzy Gillespie o Stan Kenton la mezcla entre el jazz y la música de la isla se concretó. Una mixtura muy cohesionada y coherente entre algunos ritmos de danza latinoamericanos y la improvisación jazzística, que en su estado de madurez llegaba a producir sensaciones casi hipnóticas a través de un suministro contínuo de percusión, empuje y mucho swing.