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Cristian Gallardo Cuarteto “Sin Permiso”

PASE SIN LLAMAR

Con la cantidad de discos de jazz que se siguen publicando hoy en día, uno se calza los auriculares con cierta aprensión. Por experiencia, la posibilidad de que el nuevo producto sea infumable o un tostón nunca desaparece del todo. Aunque en este caso conocíamos a Gallardo como parte de Contracuarteto, lo cierto es que no estábamos preparados para esto. Apenas había cumplido los 26 cuando grabó este disco, su primero como líder -todo composiciones propias- y puede ser uno de los debuts más impresionantes que se ha echado al oído el que suscribe en los últimos tiempos.

 

Como bien dice la sabiduría popular, la primera impresión es la que cuenta, y este es uno de esos discos que empieza en tromba. A un tempo similar al del Kokoparkeriano -por encima de las 300 negras/minuto- el cuarteto entra con Graffiti, un tema de 32 compases y armonías bop, exuberante, con todo el mundo tocando con la agilidad y velocidad de un corredor de 110 vallas. Empiezan juntos, terminan juntos, y entre medias hay solos de saxo, piano y batería, intercambios de “ochos” entre los tres instrumentos… Y burla burlando van apenas diez minutos y ya está uno extasiado y sin aliento.

 

Después de semejante carrerón, el tempo de Sin Permiso, aunque vivo, casi invita al descanso. Tras el tema, con fuertes resabios monkianos que permean toda esta grabación, los solos vienen ordenados de menor a mayor intensidad. Primero el contrabajo de Orellana, sobrio y con remate clásico, al que le sigue Palma en uno de los mejores momentos del disco. Si en su acompañamiento ya había dejado atisbar el poder evocador de las armonías prefijadas por Gallardo, en su solo las explota plenamente. Uno de los aciertos de Gallardo en su debut es haber implicado a este pianista: mayor que el resto de sus colegas, Palma es un maestro del apunte extemporáneo, en lo rítmico y en lo armónico, la sal y la pimienta del jazz, como demuestra aquí. En el solo de saxo queda aún más patente la brillantez de este tema como ejercicio de tensión/resolución. Con Palma lanzando brochazos de acordes y Cortés entregado al libre comentario gracias al poderoso anclaje de las notas-pedal de Orellana, Gallardo salta de las corcheas swing al paroxismo free sin solución de continuidad, en un solo que es una buena muestra de lo que es capaz este saxofonista.

 

El resto del disco, grabado entero en un solo día, mantiene todas estas constantes vitales. La vecinita es una melodía monkiana de andar cansino; Concurso evoca la típica composición bop amable -en la línea de Benny Golson o Tadd Dameron-, con Palma delicioso en el tema; AH1N1, dedicado a un virus de la gripe, es otro semilento, lo más árido de un disco que de por sí está totalmente desprovisto de sentimentalismo, una suerte de choque oblicuo con el blues en el que Orellana lleva en volandas a todo el grupo. Por último, Pendiente es otra composición con regusto al clasicismo sesentero, aunque quizás algo enrevesado de interpretar, incluso para el propio autor. Aquí Palma vuelve a demostrar una gran soltura en hacer lo que le viene en gana dentro, fuera y a través de las armonías del tema, mientras que Cortés y Orellana bordan su papel de acompañantes libres.

 

El único pero que puede ponérsele a Sin Permiso es su sonido: la grabación original no se hizo especialmente bien. No obstante, Gallardo consideró que la calidad de la música merecía el esfuerzo de dedicar tiempo y esfuerzo a pulir la cuestión sónica, y acertó.

 

Fernando Ortiz de Urbina
© Cuadernos de Jazz, marzo-2012

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