Todo lo que sea polerón con capucha
A los 22 años es el último de los saxofonistas de esta generación en unirse a una tendencia que recupera el instrumento como símbolo del jazz de los tiempos modernos. Después de Andrés Pérez y Claudio Rubio, que hace poco lanzaron sus discos de saxofón, y antes de Cristián Gallardo y Agustín Moya, que preparan nuevos títulos, Franz Mesko propone un toque musical. “Si no es jazz, escuchamos hip-hop y groove. Funky, algo urbano. Música que disfrutamos y que es rica de tocar. Y que viene de donde mismo: todos queremos ser negros”.
Iñigo Díaz | fotos: Cristián Soto L, Roberto Barahona y archivo de Franz Mesko
La vista hacia el norte es imponente. Desde el balcón del décimo tercer piso de un edificio justo en la intersección de la Alameda y calle San Isidro, Franz Mesko puede observar cada día las cúpulas de la Biblioteca Nacional a la izquierda y las terrazas, miradores y torres del cerro Santa Lucía a la derecha. Justo al medio de ambos, justo al frente de su vista se pierde hacia el infinito la calle Miraflores, en una visión que más bien es habitual en ciudades como Buenos Aires o Madrid. Pero es Santiago.
El saxofonista chileno de jazz de 22 años acaba de lanzar su primer disco como líder en un concierto que se realizó el viernes pasado en la Sala Master de la Radio Universidad de Chile y que será transmitido este miércoles 21, la noche más larga del año, por el programa “Holojazz”. El trabajo, escrito para un particular cuarteto con vibráfono (ver recuadro), fue editado por el sello Discos Pendiente con el nombre Calle ciega.
–¿Es Miraflores esa calle que aparece allí?
–En realidad compuse el tema “Calle ciega” pensando en (la calle) San Francisco. Porque allí fue donde viví toda mi vida. El disco Calle ciega es como un paseo donde se relatan los episodios de mi vida. Yo vivía en San Francisco con Cóndor, donde está la tienda de mi viejo, Mesko Instrumentos Musicales. Él es luthier. Fue el primero en reparar instrumentos electrónicos en Santiago, porque todos los que sabían hacerlo estaban en Valparaíso. Puso la tienda a los dieciséis años, en 1965. Pero él fabrica instrumentos folclóricos: charangos, cuatros, guitarras, tiples, guitarrón chileno, mandolinas, bandurrias.
–¿Entonces tú agarraste un saxofón a partir de esa experiencia?
–Yo tenía como cinco años, no sabía ni leer ni escribir. Mi mamá, que es profesora de música y además dirige la Agrupación Folklórica Raquel Barros, me metió a la Universidad de Chile a estudiar música. Allí aprendí a leer partituras antes que cualquier otra cosa. Leía notas en vez de letras. Y antes de eso, a los dos años, como niño-mono estuve en la Estudiantina La Chimba. A los cuatro me metí a la Agrupación Folklórica Raquel Barros, donde cantaba un poco, bailaba, tocaba el pandero. Viajé caleta: España, Polonia, Brasil, Argentina.
–El saxofón y el jazz aparecen después.
–Yo partí tocando en el Club de Jazz a los catorce años. Allí me vieron los viejos y me llamaron para tocar. Yo tenía una banda con (el vibrafonista) Diego Urbano que se llamaba Pato Frutal. Allí tocaban Rodrigo Arenas (trompeta), que ahora es un brígido de la música clásica. El grupo fue la fusión de dos bandas que teníamos en el colegio Isuch (Instituto Artístico Secundario de la Universidad de Chile). Diego Urbano tocaba en Jazz Pa Rato y yo en The Willy Jazz Band. La fusionamos y formamos Pato Frutal para ir a tocar al club por primera vez. Éramos unos pendejos.
–De hecho apareciste en 2003 con el grupo Easy Jazz Ensamble de Tito Aravena y Ramón Reyes. ¿Qué edad tenías?
–Quince años. (El baterista) Ramón Reyes y (el pianista) Tito Aravena nos llamaron a Rodrigo Arenas y a mí a tocar en el Easy Jazz Ensamble. Al Diego Urbano lo vio tocar (el calrinetista) Boris Ortiz y también lo invitó a su grupo, que era de un jazz más tradicional. Ahí él empezó a moverse con (el contrabajista) Felipe Chacón y (el guitarrista) Federico Dannemann. Paralelamente a eso disolvimos Pato Frutal y formamos el grupo de fusión Periferia, que fue el primer grupo donde nos pusimos a componer música. Estaban Diego Urbano, Antonio Faraggi, Simón Gatica. Pasaron caleta de músicos: Omar Carrasco y René Gatica.
–Fue la primera camada realmente joven activa.
–Somos la generación que viene después de Andrés Pérez, Cristián Gallardo, Pablo Meanres. Partimos muy chicos todos. Cuando yo llegué al Isuch en quinto básico el año 2001, Agustín Moya y Diego Gaete estaban en cuarto medio, Leo Mandujano y Álvaro Zavala en tercero medio. Era un colegio artístico, por eso había tantos músicos en formación. Casi todos se convirtieron en jazzistas. Cuando tocábamos con Periferia, nos vio el pianista Antoine Alvear y nos llamó para armar sus grupos de latin jazz. Así nació la Songo Band, que era una orquesta más salsera. Luego se armó un versión más reducida de con los elementos más jazzeros que salseros que había adentro. Así nacieron el quinteto Tumbao 5 y el sexteto Tumbao 6, grupos de latin jazz que dirigía Antoine.
–¿Te perfilaste por el lado del “latinizaje”?
–Yo toqué harto ahí porque la banda se movió caleta. Pero a mí siempre me interesó el jazz y dediqué toda mi energía de estudio a eso. El latin fue algo que simplemente se dio. Era el lote con el que estaba tocando en ese tiempo. Cuando iba al Club de Jazz me concentraba en improvisar jazz puro. De hecho me fui de la Songo Band y de Tumbao porque ya era demasiado. Terminé hastiado. En 2004 y 2006 me fui a estudiar a La Habana.
–¿Ese fue el salto a ser un músico adulto?
–Pero todavía no cumplía los dieciocho años. En La Habana participé en unas rumbas bacanes, que son como jam sessions donde todos se juntan a tocar. Avisan “rumba a tal hora” y ya. Ahí estuve con los percusionistas de Chucho Valdés y fue increíble. Cuando volví el 2006 a Chile me decidí por abandonar definitivamente el latin. Empecé a trabajar con otros locos. Trabajo en filas, en la Los Andes Big Band. Ya estaba pensando en armar un grupo propio.
–¿Cuándo aparece la asociación con el saxofonista Álvaro Collao?
–Justo ahí. Armamos un quinteto hard bop con dos saxos. Álvaro tocaba el alto y yo el tenor. Eramos los mismos saxofonistas de Tumbao 6, pero como estábamos chatos del latin, empezamos a tocar standards y algunas cosas nuestras. Por ese quinteto pasaron muchos jazzistas, pero nosotros siempre liderábamos la música: Ignacio Rocco, de Tumbao 6, Nelson Oliva, Simón Gatica en batería. El bajo lo tocaron Maxi Flynn, Crespo Peña, Edson Cristi.
–Todo eso fue derivando hacia el cuarteto. ¿Cuándo nace?
–Cuando Álvaro Collao empezó a tener nuevos musicales y ya estaba pensando en irse de Chile. Entonces pensé que tocar a cuarteto podía no alterar tanto la música que veníamos haciendo. El Diego Urbano trodavía no se iba a Buenos Aires todavía y como era mi amigo, volvimos a tocar. En 2006 ya estaba tocando con ese cuarteto. Con el quinteto que tenía con Álvaro Collao salieron los primeros temas que ahora están en Calle ciega: “J” y la misma “Calle ciega”. Ya se llamaba así.
–Volvemos a la calle ciega que no es Miraflores.
–La calle ciega es un concepto que yo tengo como forma de ver la vida. Es una volada que dice que no hay una sumatoria de etapas sino un continuo que no mira ni adelante ni atrás. No es una calle sin salida sino una calle infinita, donde vas viendo y aprendiendo cosas distintas, de repente aparecen calles que te son conocidas, de repente te encuentras con gente, te pierdes, te vuelves a encontrar. Para mí es algo súper dinámico. Ya cuando tocábamos con Álvaro Collao yo tenía la idea de esa calle infinita. Pero cuando llegué en el 2009 a vivir a este departamento en la Alameda y San Isidro fue increíble. Aquí terminé de componer el repertorio.
–”Calle ciega” es una de las más antiguas y “Piso 13″ de las más nuevas.
–Sí, y he tenido que dar todo tipo de explicaciones con esos títulos. Entre Calle ciega y Piso 13, entre Calle 13 y Piso 7 y Calle 7. Otra de las más antiguas es “J”, una canción de amor. Después está “Ian”, dedicada a mi hijo de tres años y “Pretexto”, que es la motivación para salir a caminar por la calle ciega o el pretexto de hacer un tema para improvisar o para hacer cualquier cosa. Hay tantos pretextos. Un pretexto es la justificación que no existe, porque es tuya no más.
–¿El cuarteto siempre fue pensado con vibráfono en lugar de piano o guitarra?
–Fue fortuito pero a la vez una sorpresa grata. Después de tocar con tantos guitarristas, como Matías Vergara o Raimundo Santander, dije “toquemos con el Urbano de nuevo”: ¡buena, perro!. Así llegué al cuarteto de la grabación (ver recuadro), pero no sé qué va a pasar en adelante. De hecho en el concierto de presentación tocó Félix Lecaros y no Andrés Celis, el baterista original. Félix es también parte de mi proyecto alternativo a este cuarteto de jazz.
–¿Cuál es?
–Un sexteto que llamamos FM Groove, donde están Sebastián Jordán o Daniel Espinoza (trompetas), Francisco Saavedra (guitarra), Raimundo Barría (piano), Milton Russell (bajo eléctrico) y el Félix (batería).
–¿El apellido “Groove” es por el tipo de música?
–Si po, tocamos puro groovecito, inspirado en Roy Hargrove y toda es onda. Estamos tocando harto hip-hop, pero inevitablemente su todo el grupo son jazzistas, la cosa va a sonar a jazz. Hay mucha improvisación, hay groove y hay cantantes invitados como Panty, Tea Time y Celeste Shaw. Me encantaría tocar con el Pedro Foncea y con la Ana Tijoux. Esos son mis objetivos próximos. FM Groove toca música comercial, algo para bailar, pero de buen nivel. Quiero que sea una banda, no un tipo solo tocando unas huevadas con unas bases y un computador. Claro que es una música más under, más oscura quizás.
–¿Qué sería “más under”? ¿Tocar en lugares desconocidos?
–Yo opté por salirme del circuito de clubes de Bellavista. Cuando se murió el Club de Jazz (N de la R: como efecto del terremoto que dañó la sede de Ñuñoa y luego se vendió a una constructora para su demolición), que era mi casa, quedé muy afectado. Además me aburrí de tocar tanto con otros, de ser toda mi vida un sideman, de estar tocando con tanto loco, estudiando temas que no eran míos, que no me gustaban. Ahí dije “tengo que lanzar mi disco”, que estaba grabado ya desde el 2009. No quiero tocar con nadie más. Hace poco que he optado por no tocar en Thelonious o Le Fournil.
–¿Dónde piensas ir a tocar?
–Apuesto a abrir otros espacios. Quiero tocar en teatros o en galpones. Da lo mismo. Es cambiar, quiero tocar en todos lados, en festivales de jazz de las comunas, de la periferia con el FM Groove, quiero tocar en el Amanda y en esos galpones de por aquí, por Diez de Julio. Todo lo que sea polerón con capucha. Tranquilito, groove po. Funky, algo urbano. Eso es lo que los jazzistas somos. Cuando no escuchamos jazz escuchamos hip-hop y groove. Es una música que disfrutamos y que es rica de tocar. Y que viene de donde mismo pos. Todos queremos ser negros.
La mecánica del otro cuarteto
Entre 2004 y 2006, en Chile se adoptó fuertemente la figura del conjunto de jazz liderado por el saxo tenor y segundado por la guitarra como instrumento de armonías en lugar del piano. Es un modelo que viene desde atrás en el tiempo, con las colaboraciones de Joe Lovano (tenor) con John Scofield (guitarra) y que a inicios de los años 2000 tomó el guitarrista Kurt Rosenwinkel en su emblemático disco The next step (2001), con el tenorista Mark Turner. Los jazzistas chilenos que adoptaron ese formato fueron los guitarristas Sebastián Duplaquet y Nicolás Vera, y el saxofonista Agustín Moya entre otros.
Después de mucho tiempo tocando con guitarristas en su cuarteto, Mesko quiso probar otra sonoridad. La del vibráfono. “Dije ‘no hay guitarra, necesito una armonía para tocar’. Llamé a Diego Urbano y ahí el grupo empezó a sonar mortal”, recuerda. Esa primera noche con vibrafonista se registró en el Club de Jazz. “Fue un gig cualquiera. Me acuerdo que fue súper poca gente, pero nosotros estábamos conectados. Tocamos con Urbano, con Maxi Flynn en el contrabajo y Carlos Cortés en la batería. Allí fue cuando me gustó la sonoridad del grupo de verdad”.
El cuarteto de Mesko que entró al estudio para grabar Calle ciega está formado tres músicos de la sección rítmica, encabezados por Diego Urbano (foto 1). Nacido en 1986, es de los muy escasos vibrafonistas chilenos que pueden tocar con swing. Apareció como alumno de percusión en la Universidad de Chile, poco después de que en la Unviersidad Católica deslumbrara Carlos Vera Larrucea, hijo del vibrafonista de jazz y percusionista clásico Carlos Vera Pinto. Hoy vive en Buenos Aires y de paso por Chile dio un concierto liderando un trío con Rodrigo Galarce (contrabajo) y el argentino Sergio Verdinelli, quien es baterista de Luis Alberto Spinetta.
Las posiciones de pulso y ritmo están a cargo del contrabajista Milton Russell (foto 2) y el baterista Andrés Celis (foto 3). Russell tiene veintiún años y hace dos fue el nuevo hallazgo del contrabajo. Se ha multiplicado en conjuntos como sideman. Celis fue también un descubrimiento hacia 2003, cuando apareció en el quinteto de Cristián Cuturrufo como sustituto de Carlos Cortés. Ha sido baterista del pianista Tomás Krumm, los guitarristas Raimundo Santander, Gabriel Feller y Francisco Saavedra, e integra el grupo soul-jazz Organik Trío y la banda soul Esencia, donde en lugar de tocar la batería, es tecladista.
Que buena nota!!!!!
Y pensar que sólo llegué por una hermosa foto….