Es desconocida en un circuito de música en Chile, y eso se debe a que la iquiqueña Natalia Bernal sigue escribiendo en Estados Unidos su propia bitácora de canto y jazz latino. Hace dos años que vive en Nueva York, después de terminar sus estudios en la famosa escuela de jazz de Berklee en Boston. Y este 21 de mayo va a estrenar su primer disco solista, La voz de tres en la ciudad de Pittsfield, Massachusetts. “Es una fecha especial para los que venimos de Iquique”, dice en buen chileno.
Iñigo Díaz
foto: archivo de Natalia Bernal
“Siempre pensé en ‘El cóndor pasa’ como la música de un rincón tan remoto que dio toda la vuelta al mundo”. Natalia Bernal proviene de esas latitudes recónditas que tienen aires andinos y explanadas desérticas pero reflexiona desde un departamento en la megápolis de rascacielos de ochenta pisos y avenidas que se conocen por sus números ordinales. Ella es una cantante iquiqueña en Nueva York.
Este 21 de mayo, la fecha conmemorativa del puerto de Iquique, Natalia Bernal va a estrenar, en el Lichtenstein Center for the Art de la ciudad de Pittsfield, su primer disco solista, que en rigor es un disco de tres solistas, sin líder: se llama La voz de tres, y es un trabajo de ensambles acústicos generosos junto a los músicos americanos Jason Ennis (guitarra de siete cuerdas) y Mike Eckroth (piano).
–¿Eligieron ese formato alguna razón en especial? En la música de cámara se dice que el piano y la guitarra casi no pueden convivir porque se estorban sonoramente.
–Se requiere de músicos muy especiales para poder tocar música latina sin percusiones y que de todas formas suene latino. Jason y Mike estudiaron en España, Brasil y Cuba. Gracias a eso creo que logramos una representación tan sólida de los estilos, sin caer en el cliché de las formas establecidas de lo latino. Ellos tienen algo muy especial y es una increíble habilidad para tocar la línea de bajo e intercambiar ese rol para dejar al otro hacerse cargo del resto del registro. Al mismo tiempo la guitarra de siete cuerdas le permite tener mayor amplitud.
–¿No extrañas un contrabajo y una batería que te den un sustento de swing?
–Es que el swing se puede tocar con una cuchara en una mesa. No necesitas una batería y un bajo obligatoriamente. Una vez que manejas un estilo puedes ejecutarlo con los instrumentos que sean, en el lugar del mundo que sea, con los músicos de procedencias más variadas que te puedas imaginar. Eso sí me gusta mucho tocar con cuarteto, pero principalmente por la coloratura de la banda, no porque sin ellos me sienta restringida.
La experiencia musical de Natalia Bernal tiene un antes y un después. Prácticamente no tuvo un paso formal el circuito del jazz en Santiago, ciudad a la que llegó a estudiar en la Escuela Moderna. Desde aquí saltó a Estados Unidos, a la famosa escuela de Berklee en Boston. “Yo pertenecí a la generación de MTV como adolescente, pero mis intereses musicales se mezclaron entre el folclor que tocaba mi papá en Iquique y los musicales de Broadway que pasaban por la tele los domingos”, recuerda.
–¿ Iquique era un centro musical interesante? ¿Se sabe que en el norte de Chile la música más popular es la tropical?
–Hay muchísima música tropical, es cierto. Para el Dieciocho de Septiembre todo lo que se escucha es cumbia y Amérika’n Sound, que son originarios de Iquique. Además las tunas y las estudiantinas. Pero la más fuerte tradición musical de todas es la diablada.
–¿Hay algo de eso en tu relación final con el latin jazz?
–Iquique es mi principal influencia en todo siempre. Haber crecido en la playa, relajada, disfrutando siempre de la naturaleza, su increíble diversidad cultural. Yo creo que todo eso me ayudó a identificarme con el latin jazz, porque también es muy diverso en su forma y sus raíces. Mis principales maestros en Iquique fueron (el pianista) Nano Prado, (el trompetista) Daniel Lencina, Alberto Plaza, Raúl Di Blasio y José Luis Arce, a quien se le conoce como el Frank Sinatra chileno. Fue mucha mi suerte en realidad, porque tenía a ese tipo de músicos a mi alcance cuando se iban a pitutear al norte en los hoteles.
–¿Cuál fu tu primera experiencia como cantante?
–Creo que a los once o doce años en una Cena de Pan y Vino para el Hogar de Cristo en el Gimnasio Techado de Los Molles (risas) No puedo creer que me todavía me acuerdo de eso. Canté un tema de Cecilia Echenique que se llamaba “Por que siempre hay tiempo”.
–Eso es parte de una prehistoria. ¿Y en Santiago dónde llegaste a cantar? ¿Diste conciertos en el Club de Jazz?
–Nunca canté allí la verdad. Y hasta ahora todavía no lo he hecho. Mis inicios en un circuito jazzístico de Santiago fueron más con Daniel Lencina, que es como mi padrino musical, en el Hotel Carrera y en el restaurant Anakena del Hotel Hyatt. Después tuve mi primer trabajo fijo en Santiago en el bar Duke’s del mismo Hyatt, claro que ahí ya estaba con Nano Prado. Así fue que tomé vuelo con todo lo que vino después.
–Tu experiencia en Chile es relativamente corta.
–En mi cuarto año en Santiago yo estaba estudiando en la Escuela Moderna de Música. Fue la misma época en que me puse a cantar fijo en el Hyatt. Y ese mismo año postulé a una beca de Berklee. La gané y me fui a Estados Unidos. Pasé de Santiago a Boston en un año.
–¿Cuánto se desmoronan las expectativas cuando aparece la realidad de la vida de músico en Estados Unidos?
–La vida de músico la he estado viviendo recién estos últimos dos años que llevo en Nueva York. Mientras estaba en Berklee estaba protegida por un red universitaria muy fuerte, y no fue hasta que terminé mis estudios y me fui a Nueva York que vine a experimentar de qué se trata la vida de músico realmente. Es como decir “en la cancha se ven los gallos”, realmente. Pero mis sueños más juveniles no se cayeron nunca. Yo creo que se han visto fortalecidos cuando te encuentras en esa ciudad frente a tantos desafíos. Estudiar música en los más altos estándares fue súper duro, pero imprescindible para prepararme para las ligas neoyorquinas.
–¿Y qué clase de peripecias vive un estudiante que además es inmigrante?
–De partida tienes que trabajar y estudiar al mismo tiempo. Yo trabajaba de quince a treinta horas semanales en la universidad. Siempre tuve cargos administrativos en distintos departamentos de Berklee, pero encima está la carga académica, que era mucha. Te exigían un mínimo de doce créditos que a veces podía ser equivalente a diez clases. Eso es una locura.
–¿Tuviste allí algún compañero que hoy sea estrella de la música?
–Bueno, la más grande hoy es mi querida Esperanza Spalding (contrabajista y cantante en vías de fama mundial), pero de generaciones anteriores con los que trabajo ahora en Nueva York puedo nombrar varios muy grandes: Antonio Sánchez (baterista de Pat Metheny y de Chick Corea), Miguel Zenon o Diego Urcola. Eso por nombrar algunos, porque siempre hay nombres importantes que están apareciendo desde Berklee.
–Como la saxofonista chilena Melissa Aldana.
–¡Melissa! Mi cabra lesa, ella es lo máximo. Me saco el sombrero por el tremendo esfuerzo que ella ha hecho por llegar a donde está. No sólo mantuvo su beca en Berklee por méritos musicales todos los años, sino que lo hizo tan bien que para su última temporada en Boston se recorrió la mitad del mundo tocando como representante de la universidad. Hoy tiene una carrera súper brillante en Nueva York, donde se fue a tocar y vivir. Acaba de grabar su primer disco con una disquera importante y ya tiene un manager en Europa.
–Te has relacionado además con otros jazzistas chilenos allá.
–Con la (saxofonista) Patricia Zárate. Uy, la Pati tiene una tremenda misión es esta vida. Es ni más ni menos que la mano derecha del gran maestro (pianista panameño de latin jazz) Danilo Pérez. Ella es la encargada de manejar su fundación y además, es una jazzista muy ambiciosa, una tremenda saxofonista y con un proyecto de fusion de jazz con música chilena que te deja los pelos parados. Y la (guitarrista y cantante) Camila Meza ha sido, además de una muy buena amiga en estos tiempos, una fuerte inspiración para mí. Sus arreglos del folclor chileno y latinoamericano en general son un reflejo muy vivo de la libertad que nuestra generación tiene y en una redefinición de la identidad musical chilena.
–También hemos visto fotos tuyas cantando con Paquito D’Rivera ¿Cómo fue eso?
–Paquito, o Pacman, es como mi padrino musical en Nueva York. Con él y su señora Brenda tenemos una relación de varios años que data de los festivales de Jazz de Punta Del Este del 2003 en adelante. Así que cuando me lo vine a encontrar en Berklee haciendo sus clínicas para los alumnos fue como tocar con familia.
–Pero no sólo fotos con él. También apareces con Rubén Blades, el contrabajista cubano Cachao López y Juan Luis Guerra. ¿Qué clase de conciertos fueron?
–La verdad es que estudiar en Berklee tiene gratificaciones como éstas. Uno tiene el deber de sobresalir en tu especialidad, y los académicos se encargan de darte oportunidades para hacerte crecer en la música y probarte en ligas mayores. Di conciertos con Juan Luis Guerra, con Rubén Blades y con Cachao por mi cercanía con el latin jazz. Pero fueron producciones mías, como parte de una serie que llamamos “Latin culture celebration”.
–Además trabajaste como gestora cultural en festivales de jazz Estados Unidos.
–Efectivamente, todo mi trabajo produciendo eventos dentro de Berklee finalmente me despertó un interés por el lado administrativo de la industria de la música. Así comencé a ampliar mi currículum en producción, principalmente trabajando en festivales de jazz como el Monterey Jazz Festival en California, el Beantown Jazz Festival en Boston, el Newport Jazz Festival de Rhode Island, el Heineken Jazz de Puerto Rico, La Pataia de Punta del Este e incluso el Providencia Jazz Festival de Chile en el 2008.
–¿Por qué te llama tanto la atención el jazz latino? ¿Se puede describir o simplemente “se siente”?
–Es que para mí el jazz no es sólo un estilo de música. También es un lenguaje. Un espacio común donde los músicos de todos los trasfondos culturales se encuentran y comparten un lenguaje común para comunicarse. Yo creo que hoy día el latin jazz está lejos de ser jazz con influencias afrocaribeñas exclusivamente. Las posibilidades de mezclarse son ilimitadas. Mi intención es adaptar esta música nortina chilena que corre por mis venas y crear algo nunca antes visto mezclándolo con el jazz.
–¿Así aparece el disco La voz de tres?
–La voz de tres nace de una propuesta de formato sin liderazgo formal ni solista principal, sin alguien adelante y una banda atrás. Lo llamo “jazz de cámara”. Son tres voces en igual grado de importancia, de expresión y de influencia en el otro. Eso es La voz de tres, con Jason Ennis en la guitarra y Mike Eckroth en el piano.
–¿Qué tipo repertorios hay en el disco?
–La voz de tres tiene doce temas. Cuatro de ellos son composiciones mías, en español y con influencia del folclor chileno. Los demás temas son en español, inglés y portugués, y van desde la bossa nova al samba, al jazz y a la música latinoamericana con influencias de jazz. Ese repertorio es una recopilación de las influencias de los tres. Chile, Cuba, Brasil, Estados Unidos… todo. Metimos todo a la olla durante un año, lo cocinamos a fuego lento y el resultado fue muy sabroso.
–¿Fue un proceso largo de grabación?
–Muy largo. Lo hicimos en Nueva Jersey, en los Bennett Studios, que pertenecen a Dae Bennett, hijo de Tony Bennett. ¡Era ídolo crooner de todos los tiempos! Fue realmente fuerte grabar en el mismo estudio donde él graba todos sus discos. El piano sonaba como los dioses. Siempre había un desfile de artistas grabando en las salas vecinas. Eso me hizo sentir parte del corazón musical de Manhattan. Estaban (el saxofonista cubano) Yosvani Terry, Esperanza Spalding y otro favorito mío, Paul Simon.
–¿El mismo Paul Simon que todos conocemos?
–Sí. Fue la experiencia más mística de mi vida, y eso que me han pasado muchas cosas.
–¿Cómo tanto?
–Estábamos en el “día cero”, que es el último día de grabación después de cinco meses trabajando en el disco. Habíamos empezado a grabar en septiembre y el cuento no se terminaba y no se terminaba. Seguíamos encontrando detalles que queríamos arreglar, porque, bueno, grabar en trío siempre es muy delicado y un trabajo minucioso. Me acuerdo que seguíamos diciendo “¡Ya! ¡Terminamos!”, pero siempre volvíamos al estudio a afinar detalles. Y ese día no. Ese día terminamos con lo último y todos quedamos conformes. No había más que decir y entonces salimos como en silencio. Acabábamos de terminar de grabar nuestro arreglo de “Ojos azules”, mi tema tradicional andino favorito. Estábamos saliendo del estudio después de respaldar la sesión en el disco duro. De repente sonó el timbre, abrimos la puerta y entra Paul Simon. Te juro que se iluminó el pasillo (risas). Los tres tratamos de mantenernos cool. Creo que fue una de esas confirmaciones divinas en que sabes que si estás en el lugar indicado en el momento indicado, es porque tienes que seguir tu camino, porque vas bien. En mi cabeza todavía miro al cielo y digo “Dios, ya entendí. ¡Adelante los faroles!”.
Las mujeres arriba: más voces en vivo
Más o menos cada cinco años una partida de nuevas cantantes basadas y formadas en el repertorio standard aparece en el circuito. Parte de esa misma camada es la que está dando conciertos esta semana y la próxima en el Bistrot Jazz Club (Constitución 40, Patio Bellavista, 22:00 horas, $2.000). Los conciertos del ciclo “Nuevas Voces Femeninas” allí comenzaron la semana pasada con la ex chica de “Rojo” Edra Silva, el trabajo de reinterpretación de canciones de Raidohead de Paz Court, el swing de Javiera Abufhele y la música brasileña de Daniela Benito. Esta semana sigue con nuevos nombres.
Nicole Bunout, una de Björk: con 24 años es la más joven de toda la serie pero ella acumula una experiencia desde los 18 años, cuando se inició en temporadas de jazz vocal joven el en club El Perseguidor. Desde entonces no ha parado. Canta tres veces a la semana con los maestros del swing chileno en El Mesón Nerudiano y en el Boulevard del Parque y su proyecto personal involucra otros tratamientos. “Mi música es bien sobria. Voy a presentar un show en inglés con material de Björk y Coldplay en plan jazz y otro en español con canciones de Pedro Aznar o Jorge Drexler”. Cantará el sábado 22 de mayo con Claudio Rubio (saxo tenor), Sergio Valenzuela (piano) y Milton Russell (contrabajo).
www.myspace.com/nicolebunout
Natacha Montory, pura pasión: viene de hacer el papel de María Magdalena en la versión en inglés de “Jesuscristo Superestrella”en el Teatro Cariola con la compañía Millenium, y eso no es sorprendente para Natacha Montory, quien ha sido cantante y actriz en partes iguales. A pesar de que interpreta muchos repertorios de swing, bolero y bossa, tiene un lado más audaz, que mostrará en vivo este jueves 20 de mayo con su nuevo quinteto, formado por Ricardo Márquez (saxo tenor), Diego Riedemann (guitarra), Óscar Arenas (bajo) y Raúl Ramos (batería). “Voy a dar un concierto basado en la pasión; o sea, sólo canciones que me mueven por ese sentimiento. Me gusta que este espacio sea pequeño, porque me va a permitir cantarle al público al oído”.
www.myspace.com/natachamontory
Thais Antoine, las canciones mandan: nació en Francia y tiene 26 años. Apenas hace uno que está incorporándose a la escena del canto jazzístico. Ha dado algunos conciertos de primera hora en el club Thelonious, pero éste será su momento del ciclo, cuando aparezca el miércoles 19 con un formato de guitarra (Diego Riedemann) y contrabajo (Milton Russell) para recorrer parte de un repertorio ciento por ciento standard. Estudió composición en Chile, pero se fue por el canto junto a la maestra Arlette Jequier. “Una puede cantar ‘Summertime’, ‘Caravan’ o ‘Take five’, pero la investigación del repertorio que comencé hace un año me ha hecho entender mejor los standards. Me gusta Ella Fitzgerald por su capacidad de componer una pieza totalmente redonda a partir de la improvisación”.
www.myspace.com/thaismarie
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Muchas gracias amigos de Puro Jazz por el artículo! Y gracias por ayudarme a promover mi nuevo disco.
Les cuento que finalmente estamos en iTunes y CD Baby para que lo busquen, y claro, espero que les guste!
Con cariño,
“Una Iquiqueña en NY”