Gabriel Puentes – Así de simple

February 2nd, 2010 | Categories: Artículos/Crítica | Tags:

Foto archivo Gabriel Puentes

Gabriel Puentes, un baterista chileno en México

Así de simple

Su batería se escucha en la banda de sonido de la película “Amores perros”, desde los primeros tiempos, cuando formó parte del grupo de Cristián Fiebre. Pero eso es sólo un dato más de la realidad. Gabriel Puentes es hoy uno de los más activos, interesantes y fuertes bateristas de jazz chilenos, uno de los pocos que ha llegado al disco. Simple es un título contraproducente dada la complejidad de la música que se escogió en esta serie. “Presenté al pianista y al contrabajista el día antes de la grabación. Por eso se llama así, porque salió lo que sale cuando uno toca por primera vez con alguien en la vida”, cuenta desde Ciudad de México.

Iñigo Díaz | fotos: archivo de Gabriel Puentes

Que el baterista sea “el mejor amigo del músico” es una presunción ya fuera de toda lógica. Más todavía cuando en el jazz ha habido tipos como el fallecido Max Roach, a quien sus músicos le pedían que “tocara las partes del piano en la batería”. Suena imposible en una aproximación preliminar pero es evidente que el grado de evolución del instrumento fundamental del ritmo se ha ido acercando cada vez con mayor decisión hacia la melodía.

También es posible ser testigo de sesiones musicales aquí, con baterías melódicas en su esencia más profunda cuando solistas como Félix Lecaros elabora el solo que encadena dos composiciones del grupo Contracuarteto, o cuando Daniel Rodríguez conduce al trío de su hermano guitarrista que grabó el disco Crudo. Cuando Carlos Cortés se multiplica desde el Santiago stories de David Pérez en 2004 al Santiago vivo de Andrés Pérez en 2010, o cuando Nicolás Ríos dialoga y discute con el improvisador Ramiro Molina. De esa misma generación, o en rigor en el puente que une a los bateristas de los ‘90 con los actuales, está Gabriel Puentes (n. 1976). Sólo que no está en Chile sino en México.

–¿Sabes con quién voy a tocar hoy y mañana? –sorprende Gabriel Puentes desde el DF con maletas hechas para salir a primera hora a tocar el fin de semana pasado a alguna ciudad de México–. Con… ¡Doc Severinsen!

–Perdón la ignorancia. ¿Quién es?

–El que era director musical por décadas del “Tonight show” (programa de televisión estadounidense emitido por NBC donde dirigía a la Tonight Show Orchestra para acompañar a grandes invitados del jazz al set). Era el de la ropa estrafalaria. Un trompetista que tocó con todo el mundo.

Prácticamente Puentes no detiene el metrónomo. Aquí nadie se ha enterado mucho pero el músico viene dando conciertos en Europa y las dos costas de Estados Unidos desde hace casi una década. También fue el primer chileno en tocar en el Lincoln Center de Nueva York. A fin de año estuvo en Chile, supuestamente de vacaciones, pero en ese lapso apareció en diez conciertos más, como sideman y como líder de dos cuartetos diferentes que armó a pulso y que sonaron como máquina en los escenarios del Thelonious y el Club de Jazz. Y además es uno de los pocos bateristas que tiene discos editados: Alejandro Espinosa (con Alondra, 1993), Pancho Molina (Perseguidor, 2001), Andy Baeza (Lugares, personas, 2004) y Nelson Oliva (Fee–fi–fo–fu, 2006).

–Creo que no es común que los bateristas estemos al frente –sentencia.

El disco que acaba de publicar se llama Simple y fue editado por el sello Fresh Sound Records, que ha sido un observatorio de talentos. Allí, por ejemplo, se publicaron los primeros álbumes de jazzistas neoyorquinos tan connotados como el pianista Brad Mehldau y el guitarrista Kurt Rosenwinkel.

–Aunque históricamente hay grandes grupos liderados por bateristas como Art Blakey, Kenny Clarke, Paul Motian, Elvin Jones, Roy Haynes o Tony Williams, creo que fue igualmente complicado, porque el formato que elegí y la forma en que abordamos la música es súper poco baterística.

–¿En qué sentido?

–Cuando pensé en hacer un primer disco ya sabía que el formato iba a ser piano trío. Así se me vinieron rápido a la cabeza los nombres del pianista argentino Leo Genovese y el contrabajista norteamericano Chris Lightcap. Con Leo había tocado brevemente en Nueva Orléans el 2007. Hubo onda y quedó abierta la posibilidad de hacer algo en el futuro. A Chris lo conocía como contrabajista, compositor y líder de su proyecto, además de sideman de varios grupos increíbles como el Matt Wilson Quartet, el Ben Monder Trio, el Craig Taborn Trio o la violinista Regina Carter. Ellos no se conocían hasta un día antes de grabar, día del único ensayo posible. Los presenté, tocamos un poco y nos fuimos. En cuanto vi que tuvieron buena onda supe que el ensayo era casi innecesario.

–¿Y qué pasó en el estudio de grabación?

–Dejamos que las cosas fluyeran lo más posible. Decidí dejar fuera todo el material específico, las piezas difíciles, y en cambio grabamos varias improvisaciones libres o dirigidas, algunos motivos temáticos que propuse y temas de compositores que admiro, con cierta dirección, más que arreglos. Creo que la música que está en el disco representa de buena forma lo que quería hacer. Aunque el título de Simple puede ser interpretado como irónico, porque la música que hicimos no es necesariamente simple. Las piezas que grabamos son de Thelonious Monk, Wayne Shorter, Tadd Dameron, Ornette Coleman y Sam Rivers, varios héroes personales. Cada una de estas composiciones significa algo importante para mí, y entre cada una hay un interludio breve de improvisación o algún pequeño motivo, actuando como conector.

–¿Cómo compones siendo un baterista que estudió los ritmos?

–Sigo los consejos de Paul Motian (baterista estadounidense, integrante del trío del pianista Bill Evans en los años ‘60).

–¿Así de simple?

–Es que no soy compositor. Mis conocimientos teóricos son limitados y mi experiencia componiendo cosas más formales es poca. Entonces una vez leí una entrevista a Paul Motian y decía eso, que se sentaba al piano y lo rascaba hasta que algo le sonaba. Muevo los dedos hasta que algo suena. Escribo en general ideas sencillas, pequeñas melodías, series de intervalos que me gustan y ya. Tengo composiciones más complejas también, pero en una carpeta bien guardada.

–Hace diez años que estás en México. ¿Cuál era tu plan en esa época?

–Me fui de Chile como parte del grupo de Cristián Fiebre, cuya música había llamado la atención de Gustavo Santaolalla, entonces al mando de Surco, la filial rockera-alternativa de Universal. Cristián fue contratado y nos preguntó a los que tocábamos en su banda si nos interesaba ir a probar suerte a México. Llegamos a trabajar bastante, ensayábamos todos los días, tuvimos tocatas. Casi cero apoyo del sello, que no sabía cómo vender un proyecto tan raro. Pero el mercado es grande en México y todo es a mayor escala.

–¿Por dónde andabas vagando y divagando?

–Cuando nos fuimos a México intenté conectarme con la escena jazzística, que me recibió con los brazos abiertos. Simultáneamente, Fiebre era artista de una multinacional, altos presupuestos, fiestas generosas, mucho rockstar. Se estaba trabajando en la película “Amores perros” y Gustavo Santaolalla, que estaba a cargo del soundtrack original, insistió en meter este proyecto desconocido de Fiebre. Grabamos una canción original para el disco tributo (“Tienen el odio enjaulado”) y un cover que suena en los créditos finales de la película: la canción “Lucha de gigantes”, del grupo español ochentero Nacha Pop, que en México fue grande. Había conferencias de prensa con los actores, el director, el guionista y algunos de los demás artistas del soundtrack (Café Tacuba, Bersuit Vergarabat, Julieta Venegas). Yo me fui de Chile habiendo cumplido recién 23 años. No tenía mucho que perder ni esperaba ganar nada. Sólo pensaba que tal vez en México podría ser más viable vivir de la música, vivir de tocar. Tenía claro, al menos, que en Chile iba a ser imposible.

–¿El punto de partida lo marca entonces esa participación en “Amores perros”?

–Llamó la atención, es cierto, pero la falta de experiencia y el mal manejo ya tenían sin fuerzas al proyecto, que se disolvía. Yo diría que el año cero fue con Fiebre entre el ‘97 y ‘98 estando aún en Chile, cuando en cada concierto pasaban cosas interesantes.

–Se dice que fuiste el primer jazzista chileno en tocar en el Lincoln Center de Nueva York, incluso antes que Claudia Acuña que vive allí desde 1994.

–Eso me lo dijo Todd Barkan en el entonces recién estrenado Dizzy’s Club del Lincoln Center, cuando fui a tocar ahí hace unos años con el sexteto del tenorista mexicano Diego Maroto.

–¿Has tenido alguna cercanía Con Claudia Acuña?

–Sigo a Claudia desde que ella aún estaba en Chile, como admirador. Tengo sus primeros discos. Pancho Molina nos presentó en Nueva York y fuimos juntos a Iridium, donde ella era tratada muy bien. No tengo una relación directa con ella, aunque conozco a algunos de los músicos de su banda. Mi relación con músicos chilenos ha sido más bien con los amigos y colegas que veo cada vez que voy a Santiago, con quienes toco, celebro y comparto. Para mí todos somos parte de una escena creciente aunque dispersa.

–Antes de Simple ya apareciste en otros discos como colíder, Hands free y Trío. ¿En qué parte de la historia están esas grabaciones?

–Hands free fue el segundo disco de un trío que teníamos con el pianista Mark Aanderud y el contrabajista Agustín Bernal. Estuvimos tocando muchísimo durante una época a comienzos de la década. Viajamos a Colombia, Estados Unidos y Europa, ensayábamos, estudiábamos un montón. Cuando, esporádicamente, nos juntamos, pasan cosas interesantes. Trío es el título del primer disco del proyecto que lidera el pianista Eugenio Toussaint, entonces con Agustín Bernal, hoy con Aaron Cruz al contrabajo. Hay un disco del trío de Eugenio con el legendario Eddie Gómez en el contrabajo y yo en la batería, que solamente se vende en tiendas de vinos. Son discos importantes para mí porque registran momentos musicales que atesoro.

–Simple marca esta primera independencia. Hay mucha improvisación y experimentos de sonido que llaman la atención.

–El tema “Une danse exterieur” usa un clavecín electrónico vintage, tipo años ‘70, que encontramos en el estudio. Había mucho equipo antiguo para curiosear y usar, así que en un break Leo Genovese se puso a tocar ese y nos gustó para un par de cosas. Empieza con la batería sola, como invocación, después van entrando y de ese groove en 12/8 se pasa como a música pop. Claro, es medio raro. Cuando hicimos ese tema y lo escuchamos, me pareció como música para algún tipo de baile pero de otro lugar. Y a propósito, está mal escrito en francés.

–¿En los temas que conectan las composiciones se lanzaron a improvisar simplemente?

–Fue todo bastante flexible. Con esta pieza es más una improvisación dirigida. Yo sólo les conté una historia y nos pusimos a tocar con la luz roja encendida. Hay un tambor bien grave de afinación que suena por ahí. Era un bombo para orquesta que estaba en el estudio también. Lo acerqué a la batería y le pegaba manotazos. Cuando hay armonía, me gusta que haya muchas posibilidades. Entonces mientras menos esté definida, más lejos se puede ir. En ese caso, en vez de acordes busco áreas tonales y colores que estén por ahí.

–Y en las composiciones escogidas hay temas poco comunes.

–Sí, elegí piezas de gente que es conocida, pero que no son las más populares exactamente. Por ejemplo, muy poca gente toca música de Tadd Dameron, que es un grande. “Our delight” se me ocurrió incorporarla al disco en el estudio como tributo a Bill Evans y Vernell Fournier y por eso la toqué con plumillas. Leo y Chris se la sabían, hubo que darle una pasada y ya. Las dos de (Thelonious) Monk que hice son, digamos… raras. “Ask me now” es originalmente una balada que Monk grabó a trío con Art Blakey y Al McKibbon en 1951. La quise hacer, con otro tempo y otra métrica, pero tratamos de mantener el espíritu monkiano. La mano izquierda de Leo se encarga de eso en el head. Si la comparas con la versión de Monk en el disco Genius of modern music vol. 2, se nota.

–¿Y la otra?

–Fue una balada que Monk tituló “Crepuscule with Nellie”, uno de esos temas que tienen un mundo ocurriendo adentro. Hicimos sólo el head, sin solos. De Wayne Shorter escogí dos temas más: “Blues à-la carte” y “Nefertiti”. En la versión del quinteto de Miles Davis del ‘67 es lo que algunos bateristas escuchamos cuando todo está perdido, no hay ideas, se seca la fuente creativa y se nos acaba la inspiración. Tony Williams grabó un concierto para batería en ese tema. Y lo hice en 3/4, más lento, menos batería y más en la onda de Wayne. A veces la gente supone que por ser un disco de un baterista va a ser puro tamborazo, pero no. Incluso, por el formato de trío supongo que el músico que brilla es Leo Genovese, un pianista bestial. Así que no sé si es muy a mi favor. Pero es simple: estoy contento.

www.myspace.com/gabrielpuentesmusic

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