Cecilia Avendaño
Una nueva e indefinible concepción estética propone esta emergente artista en su serie “Pride”. A través de esta investigación, ha puesto en práctica su noción de inventario, los ejercicios de fragmentación y las posibilidades y límites que se abren entre la fotografía análoga y las nuevas herramientas digitales.
Con sello propio, los retratos de la joven artista chilena Cecilia Avendaño han estado, de un tiempo a esta parte, circulando en los principales espacios de arte de nuestro país. Con una formación académica en la escuela de arte de la Universidad de Chile, donde se fue especializando en la fotografía y sus desplazamientos, la artistase abocó hace algúntiempo al registro de rostros infantiles y juveniles, conformando un archivo fisonómico que a su vez le permitiera jugar con las fragmentaciones. Ojos, bocas, narices, frentes, mentones que fue coleccionando a modo de catálogo para luego manipular y combinar con otros inventarios de gestos, expresiones y poses extraídas del mundo de la publicidad y los medios. De esta especie de alquimia virtual surgió la serie “Pride”, por medio de la cual Avendaño ha introducido en la visualidad local sus personajes de una extraña belleza, al borde de lo humano y lo mutante, y que en su propia hibridez exhiben en forma desafiante su implante y artificialidad gráfica.
¿Qué te interesó del retrato fotográfico?
Siempre que nos enfrentamos a una fotografía está presente la idea de fragmentar una realidad, que lo que estamos viendo existe o existió en algún momento. Trabajar con este principio o con esta expectativa siempre me ha parecido interesante.En proyectos anteriores desarrollé este concepto de forma análoga. Ahora, la técnica digital me permite abordarlo desde otras complejidades, como por ejemplo lograr la aparición de personajes que no habitan, que simplemente son, en su propia realidad, que se reduce a lo que contienen ellos mismos, personajes que nacen a través de fragmentos de imágenes con referentes, pero que se escapan de ese principio básico de la fotografía.
Tus trabajos fotográficos aluden de alguna manera a una no-realidad o una realidad paralela…
Me interesa precisamente poner en crisis todo lo que se pueda afirmar a través de la fotografía y en estos trabajos hay un juego doble en este sentido. Esta fusión o mezcla entre realidades fragmentadas y descontextualizadas, y la herramienta tecnológica me permiten trabajar en base a la selección y a su vez en capas. Se logra una imagen que a pesar de ser artificial -al menos en la superficie, en su capa más expuesta- conserva una humanidad relegada, que se vislumbra a través de ciertas trasparencias, de ciertos factores muy orgánicos, como los ojos, el cabello, la comisura de los labios, en donde se hace presente que la intervención no anula esa latencia humana. Esta dualidad hace a las imágenes atractivas y a su vez perturbadoras. Adivinamos esa humanidad detrás de lo sintético de la piel o rígido de las poses.
En estos rostros está de alguna manera “la belleza de la juventud”, pero filtrada de un toque siniestro o al menos extraño ¿A qué belleza buscas aludir?
Las fotografías tienen una cierta concepción estética más que una idea de belleza. Esta concepción estética se crea a partir de múltiples detalles que me interesa incluir, como los fragmentos, el uso de los tatuajes, los fondos, el tipo de pose, el hiperrealismo de algunos detalles contrastado con la artificialidad de la piel. Me preocupa mantener esos elementos y transmitir que, a pesar de que cada personaje es diferente, tienen una identidad común, una identidad que juega con concepciones estéticas contemporáneas como los cuerpos andrógenos, la mezcla de lo salvajey lo etéreo, el uso de códigos publicitarios, la artificialidad. Una serie de elementos que van desarrollando imágenes que en cuanto a mis referentes se acercan a una estética un poco cyborg o de ciencia ficción.
¿Cómo te relacionas con las tecnologías de la imagen?
Los retratos los intervengo con programas de manipulación de imágenes, pero no pretendo hacer gala de las posibilidades del software, más bien lo utilizo para crear un mundo poético que apela fuertemente a lo tecnológico. Creo que el uso de las herramientas tecnológicas o digitales no es en sí lo importante del trabajo, sino el medio más idóneo para obtener el resultado final. En este caso trabajar desde una serie de registros con referente en la realidad, hacia una imagen totalmente creada, desvinculada de esos referentes. En este punto podría decirse que las fotografías de origen funcionan como la materia prima que uso para la construcción de una realidad otra.
A muchos rostros les aplicas tatuajes. ¿Por qué?
Los tatuajes existen en muchas culturas y son usados con diversos significados. En general, tienen que ver con marcar o recordar ciertos hitos en la vida de una persona, exponer parte de la historia y así individualizar al sujeto haciéndolo parte al mismo tiempo de una comunidad. En estos personajes, el tatuaje funciona un poco en ese sentido. Cada imagen es un pequeño relato que se puede leer a través de las expresiones de las caras, de las poses, del tipo de ropa y, en general, de la atmósfera que cada fotografía logra. En ese sentido, los tatuajes complementan estas lecturas dando información adicional. Son un símbolo que representa el pequeño universo que son cada uno de estos personajes, contenido en ellos mismos. Por otra parte, creo que los tatuajes tienen algo violento, desafiante, poderoso, que hace que en estas imágenes se resalte la ambigüedad que se crea entre estos seres un poco infantiles y etéreos, y la fuerza agresiva y desafiante que de ellos mismos emana a partir de las anomalías de proporciones y rasgos.
Los personajes de Cecilia Avendaño habitan un fondo monocromo, como suspendidos en un paisaje invisible, un universo bizarro desde el cual interpelan al espectador con su mirada penetrante y casi insidiosa; un rostro de niño que no desvía la vista y que, orgulloso, reafirma su origen indeterminado.

